jueves, mayo 28, 2009
sábado, abril 11, 2009
Llueve
viernes, abril 10, 2009
Desconocida
viernes, marzo 13, 2009
Oscuridad
Nuestras vidas suelen transcurrir a golpe de inercias, dejando el devenir de nuestra existencia de la mano de una corriente, como un velero que navega plácidamente en un mar de luz sobre el vaivén de las olas. Al echar la vista atrás observamos una estela de rutinas, salpicada de pequeños placeres, momentos de felicidad y algunas desdichas. Casi no recordamos cuándo fijamos el rumbo, que golpe de mar nos llevó a avanzar por una senda que hace tiempo que seguimos por impulsos no premeditados, como si hubiera sido trazada para nosotros por una mano invisible.
De repente, un día, de forma inesperada, un golpe de timón hace que ese tejido salte por los aires. Rotos los amarres, sin referentes, entramos en un mundo de oscuridad, en el que cada paso se encamina titubeante entre la penumbra hacia un destino incierto. Sin el referente de la rutina aprendida, navegamos a tientas por un nuevo mar lleno de negrura, buscando con avidez una luz que nos permita encontrar el rumbo de regreso.
De nada sirve apresurarse. La claridad cae de un cuentagotas, como el halo de un faro que incendia la mar durante un suspiro. Después, vuelta a la oscuridad. Nos afanamos buscando la luz, el vaivén de las olas, una red que nos sustente, pero nada de eso es posible sin navegar en la noche cerrada. La oscuridad nos aterra, pero en ella encontraremos la quietud necesaria para encontrar el rumbo de nuevo, para decidir nuestro destino, para imaginar un horizonte en el que la sombra de las tinieblas quede en el recuerdo.
domingo, marzo 08, 2009
La necesidad de escribir
Comencé este blog, hace ya más de tres años, impulsado por el deseo de escribir. Y ahora, después de tanto tiempo sin hacerlo, vuelvo a sentir ese impulso. Escribo por el placer de hacerlo, pero también por necesidad. La escritura me ayuda a soportar la carga de la pérdida de una parte de mí, de un trozo que me han arrancado de cuajo, dejándome el alma en carne viva.
Siento que se ha encogido la superficie de mi alma que está en contacto con los que nos rodean, la porción que nos hace sentir singulares, el pedazo que nos da la vitalidad. Limitar la exposición al mundo exterior nos ayuda a protegernos del dolor, a reducir nuestro sufrimiento, pero el vacío que se forma entre el alma menguada y el alma en estado natural se llena de apatía, de incapacidad para sentir y, por encima de todo, de negación de nuestra esencia última.
Me resulta muy complicado mostrar partes íntimas de mí, decidir qué aspectos de mi persona dejar al desnudo, perceptibles al entendimiento del que lea estas líneas. Al escribir sobre mí mismo siento una descarga que me recorre desde la boca del estómago hasta la nuca, poniendo en tensión todo los músculos de mi cuerpo. Es una sensación desgarradora, pero la escritura me permite hacer el ejercicio de introspección que necesito para enfrentarme a las partes dañanas de mi espíritu. Siento que mientras escribo voy dando vida a los trozos de mi alma en estado de necrosis, que voy agitando las partes paralizadas, que voy haciendo revivir esquirlas insensibilizadas. Al escribir siento renacer la vitalidad -ahora ahogada- que va abriendo camino a la persona que soy y que hoy se encuentra agazapada, a la espera de reencontrarse.
jueves, marzo 05, 2009
975 días
sábado, octubre 27, 2007
La herida abierta
Llegó a Brooklyn más tarde, tras la muerte de su madre, huyendo de muchos recuerdos y de sus compañeros de exilio español. Siempre pensó que le habían arrancado su verdadera vida de cuajo y que estaba viviendo otra que no le correspondía. Quiso creer que lejos de aquel círculo podría forjar una nueva que le perteneciese y pensó que Nueva York le ofrecería el marco que necesitaba. Pero allí descubrió que siempre sería prisionero de una pesadilla que se acercaba a visitarle algunas noches, de la que siempre despertaba agitado tras el sonido de unos disparos.
La segunda vez que nos vimos fue en su casa. Olía a tabaco y a soledad. Sirvió un par de tazas de café aguado y me precedió por un pasillo estrecho y oscuro que sonaba a madera hueca bajo nuestros pasos. En el comedor me enseñó sus tesoros: viejas ediciones de clásicos de la literatura española, recortes de periódico y algunas fotos de la España de la posguerra. A pesar de tantos años lejos de la tierra que lo vio nacer, siempre se había sentido atrapado por el embrujo de un país que sólo existía en las noticias, en las charlas con otros exiliados y en su imaginación.
El día que volvió al pueblo del que había salido huyendo en medio de la noche, se acercó a un monte cercano a hablar con su padre. Llevaba cuarenta y ocho años eligiendo las palabras para el día del reencuentro, pero una vez allí, frente a frente, su garganta rota sólo pudo emitir un quejido. Fueron unas palabras al viento que se perdieron en la Sierra de Francia, donde aún reverbera el sonido de los disparos que mataron a su padre.
Hace unos días quise acercarme a pagarle una visita debida a Antonio, pero llegué tarde. Murió hace dos meses. Miguel me dijo que lo hizo consciente de que el cáncer le arrancaba la existencia y que enfrentó la muerte con la misma dignidad con la que afrontó la vida.
Antonio dedicó buena parte de sus últimos años a rescatar los huesos abandonados de su padre, pero murió sin saber dónde yacen. Algunos le acusan de haber querido resucitar fantasmas del pasado, de avivar el rencor, de reabrir la herida de las dos Españas. Pero él sólo quiso honrar la memoria del padre que le arrebataron una madrugada, dejándole el corazón helado para toda la vida. Me acuerdo de Antonio y me imagino el escalofrío que habría sentido si hubiese visto la horda que ayer jaleaba exaltada a Rajoy al grito de a por ellos. La misma que le reprocha que no quisiera dejar este mundo sin cerrar una herida abierta que nunca dejó de sangrar.
martes, julio 17, 2007
Nombre de mujer en omisión
viernes, marzo 23, 2007
La Pesca del Atún

Al final de la primavera, un viento fuerte de poniente acercaba a las costas a los atunes que se dirigían a desovar al Mediterráneo. En septiembre volvían debilitados, empujados por el levante, con la morfología cambiada, sin saber que pesqueros de bajura guiados por marineros de Ayamonte e Isla Cristina saldrían a su encuentro. Cada año se repetía el ritual de los atunes rumbo al estrecho y, con ellos, un trajín de pescadores, rederos, conserveros y comerciantes que vivían en torno a la pesca del atún, desde el Guadiana hasta la punta de Tarifa.
Imagino el barco de mi bisabuelo llegando a puerto, descargando los atunes rojos entre una algarabía de gaviotas y la mirada atenta de niños que aparcaban sus aros y sus canicas para observar el festival de la descarga. Una tarde de 1919, Sorolla esperaba a su barco en el puerto de Ayamonte, para inmortalizarlo en óleo sobre lienzo en medio de atunes desgarrados por las agallas, bajo un cielo anaranjado por un sol que se dejaba caer sobre el castillo de Castro Marim. El pescado llegaría al mercado, a la cocina de alguna taberna de marineros o a la conservera de los Hermanos Concepción. Quizás acabaría impregnado de aceite, quién sabe, empujado al fondo de alguna lata por las manos de mi tatarabuela.
Mientras el cuadro viajaba en alguna bodega hacia la biblioteca de la Sociedad Hispánica de Nueva York, mi bisabuela cruzaba el Guadiana por su desembocadura, como los atunes, para dar a luz a un hijo isleño, que volvería rumbo al oeste, a ver la luz de la vida bajo el faro de Vila Real do Santo Antonio. Su juventud está ligada a la pesca del atún, como la vida de su padre, del que se decía que era el mejor conocedor de aquellos fondos marinos, y la de su hermano, que cosía las redes rotas por los aleteos de los atunes.
Pasé muchas tardes de mi infancia en la mesa camilla de mis abuelos, calentado por un brasero, escuchando historias de pescadores. Escuché que del atún se aprovecha todo: las ventrescas magras de los atunes de verano encebolladas, los lomos prietos de los atunes de primavera transformados en tacos de mojama en salazón, la piel y las espinas convertidas en harinas de pescado. Mi abuelo me habló del arte de la pesca en el corral de la almadraba, de subastas en las lonjas, de la búsqueda de los bancos de peces. Un día se encontró haciendo de tipógrafo y así pasaría el resto de su vida, pero no recuerdo oirle hablar de aquello con la pasión con la que lo hacía de la pesca.
Hoy, desde Nueva York, a menos de un par de millas de la biblioteca en la que se encuentra el cuadro de mi bisabuelo, he leído que el atún rojo está en peligro de extinción. El artículo habla de una pesca despiadada apoyada por helicópteros, de subastas del pescado del estrecho en lonjas de Japón, de la voracidad de comensales que se abalanzan sobre el atún crudo en los restaurantes de Tokio. A mí, la lectura me cuenta que muchos barquitos acabarán desvencijados en sus amarres, que muchas gentes dejarán de acercarse al puerto cada tarde, que el silencio se hará eco en las naves de las lonjas. Si un día se cierran las puertas de La Reina del Guadiana para siempre y los marineros se quedan en tierra, habrán acabado con la forma de vida de todo un pueblo. No creo que pudiera volver acercarme al dique de Isla Canela a esperar a barcos que no llegan. Si algún día desaperece la pesca del atún en la Costa de la Luz me habrán robado un trozo del alma marinera de mis mayores.
jueves, enero 04, 2007
Esas personas que formaron parte de tu vida durante un tiempo se marcharon un día. Muchas lo hicieron de manera forzada, por alguna razón que nada tuvo que ver con vosotros; otras dejaron tu vida porque así lo decidieron. Pero aquel vínculo, que va decayendo, que se mantiene aletargado durante meses, renace cada Navidad como un Ave Fénix que niega sus cenizas. Cada año vuelves a encajar tus compromisos y encuentras un hueco para volver a ver a quienes fueron compañeros de viaje en algún momento de tu vida.
Algunas veces has imaginado la Navidad desde los días grises de noviembre, esperando volver a encontrarte con ellos, fiel a tu cita anual. Han venido a tu memoria aquellos días en los que os veíais sin necesidad de planearlo, momentos que constituyen una parte imborrable de tu existencia. Se han acercado a tu memoria las experiencias de un año que has vivido lejos de ellos, vivencias que sabes que se amontonarán en algún lugar de tu pensamiento mientras escuchas las suyas.
Pero la realidad es que a esas personas sólo te une el recuerdo de un pasado que no volverá. Hemos cambiado. Somos otros. Han aparecido nuevas gentes que se han ido haciendo protagonistas en nuestros días, que son testigos y miembros de una vida que nada tiene que ver con la dejaste en esa fotografía. Vuestros caminos divergieron y cada vez están más separados. Esa conversación a media luz, en algún restaurante del centro de Madrid, no es más que un reguero de voces inconexas de gentes que no se conocen, que forman parte de mil nuevas historias que ocurrieron lejos de las de los demás y que ya sólo interesan a los nuevos camaradas. Dicen que al lugar donde has sido feliz nunca has de tratar de volver. Quizás la única manera de preservar en la memoria aquellos momentos es dejando a esas personas en el recuerdo, que es donde no dejarán de hacerte feliz.
jueves, diciembre 28, 2006
La muerte es el final de la vida. No forma parte de ella. Por eso no se siente. Cuando el ser se transforma en su ausencia lo vivido se esfuma y se evaporan sus recuerdos. Todo desaparece con el muerto sin que éste lo perciba.
Pensó en su madre. Un día escuchó que la muerte de los padres sólo consigue superarse cuando se tienen hijos; sin embargo, la muerte de un hijo no se supera nunca. Pensó que su muerte resultaría en un padecimiento inimaginable para su madre. Ella le recordaría cada día. Lloraría por los momentos alegres que no volverían y por los tristes, que le hubiera gustado evitar. O lloraría su ausencia, sin más. Se imaginó a su madre despertándose entre sueños y descubriendo que la puerta de casa nunca más se abriría ante él. La sensación de haberle perdido para siempre le oprimiría el pecho, produciéndole una angustia que no supo describir.
Quizás se imaginó que su muerte produciría el mismo efecto en su madre que la muerte de su madre produciría en él.
Por eso quiso escribir estas líneas. Echó la vista atrás y se sintió vivo ante la muerte. Porque él es los recuerdos de sus vivencias y no fue capaz de imaginarse una vida más rica. Por eso no le preocupó saber que se moría. El muerto abandona la vida sin darse cuenta. La muerte la padece el que sigue viviendo. Llorar por un muerto no es más que llorar por uno mismo, que se queda sin el pedazo de vida del que se muere. Quizás quiso decir que la muerte sólo mata a los vivos. Y que éstos pueden sobrevivirla. Y no encontró otras palabras para tranquilizarla, para pedirle que no llorase por su muerte, porque eso no sería más que llorar por su propia vida.
Toda esa acumulación de sensaciones terribles brotó a su cabeza cuando el tren de aterrizaje tocó la tierra de Barajas y se despertó, confundido, todavía narcotizado, pero lleno de ganas de seguir viviendo.
jueves, octubre 05, 2006
miércoles, octubre 04, 2006
martes, septiembre 12, 2006

La ciudad ha caminado de forma callada durante todo el día. El murmullo de los vagones del metro se ha hecho silencio. Ha sido un día de duelo sereno y contenido en el que los neoyorquinos han rendido homenaje a los caídos el 11-S. Muchos se han acercado a rezar a diferentes templos religiosos, que hoy han abierto sus puertas hasta entrada la noche. Algunos hemos dedicado unos minutos a recordar a las víctimas de los atentados. Y sé que otros han derramado lágrimas por los ausentes.
Hoy quiero dedicar un espacio de este blog a recordar a los que perdieron sus vidas en los atentados de Nueva York, Madrid y Londres. Y también quiero que este espacio sirva para recordar a los muertos de Bagdad y Kabul; a los de Hiroshima y Nagasaki; a los de Honduras y El Salvador; a los de Corea y Vietnam; a los de Nicaragua y Playa Girón; a los de Beirut y Ramala; a los de la caravana de la muerte y la operación cóndor; a los de Gernika y Brunete; y a tantos otros muertos olvidados a los que la guerra segó su vida de cuajo.
Hoy muestro este crespón negro con el deseo de que no olvidemos nunca a tantos muertos inocentes.
domingo, agosto 20, 2006
Ese es el recuerdo que me llega cada día, cuando escucho la SER, cuando tengo un correo tuyo que nunca puedo contestar, cuando me cuentas lo bien que te sienta haberte convertido en abuela. ¿Cuántas veces me he preguntado porqué ese es el recuerdo más recurrente - y el mejor- de toda una vida? No lo sé. Quizás porque fue el último que nos dejó una existencia que siempre iba a mejor. Poco después nos marchamos del hogar de la infancia, vinieron de Francia a arruinarnos la vida, y cuando llegó la calma ya no éramos nosotros. Puede ser que sea por eso.
A veces volvía a mirar nuestra fachada, a la que ayer volví intentando no ser visto por unos vecinos que ya no conozco, para ver que sigue en pie, con mejor cara, pero sin alma. Y se agolparon los recuerdos de una niñez entre cochecitos en el pasillo, entre el olor de algún guiso, entre el sonido del Agapimu y el Lanzador de Cuchillos. Y te veo tropezando con la cabra amarilla, te imagino delante de una cazuela de barro con el fondo irregular, te oigo cantando con una garganta más joven.
Me escucho y te oigo reprochando el tono del hablar del barrio, el uso incorrecto de las palabras, o las expresiones de una juventud incipiente. Tecleo y recuerdo el sonido del asdfg en tu Olivetti verde de medio carro. Me irrito y descubro tu cólera en mis palabras. Me miro y te veo en mí. Y vuelves, siempre, muchas veces, cada día. Me llegas cuando busco tu aprobación -en todo lo que hago, absolutamente, todavía y quizás para siempre-; cuando te echo de menos desde las lejanías; cuando invento razones para querer volver; cuando me acuerdo de que siempre se me olvida preguntarte si crees en Dios; cuando me pregunto si sabes que me llega tu aliento cuando no puedo más, cuando busco motivos para no cortarme de un tajo las venas; cuando entiendo porqué cambié a Ana Belén por Sting, a Delibes por Saramago o al mundo entero por Portugal; cuando me pueden las ganas de volver a Ayamonte, a que vuelvas a contarme que ibas al puesto de tu bisabuela en el mercado; cuando nos imagino delante del original del cuadro del abuelo en la Sociedad Hispánica de Nueva York.
Nunca he querido escribirte nada, porque eso sería enseñarme al completo. Y me puede la vergüenza por gritarle al viento que todo lo que soy se lo debo a la mejor madre del mundo. Y que cada noche me acuerdo de ti desde mi cama de Manhattan, como lo hacía desde la de Barcelona, desde la de Essex, o desde la de cualquier confín en el que me encontrara.
Aquí lo dejo, y en esto se queda, porque nunca encontraré las palabras, el espacio, ni el tiempo para explicar lo que sigue dando sentido a mi vida.
Y aunque sé que no era la más guapa del mundo,
juro que era más guapa que cualquiera.
El fondo de notas pausadas robadas a un cuerpo de guitarra, del pulso de las teclas de un piano y del quejido de un violoncello melancólico con las que dormimos a Marina me ayudan a recordarte y a paladear el regusto de unos días inolvidables. Frente al teclado de nuevo, tras unos meses de reencuentros con personas y lugares, de descansos de sol y mar y de despedidas -tristes, como todas ellas- dejo volar mi imaginación hacia el pasado remoto de mi infancia, hacia vivencias de un verano en las tierras del sur, hacia el misterio de un futuro lleno de incertidumbres. Con la compañía de las notas de Rodrigo Leao, miro atrás con nostalgia por los momentos que se marcharon, con la alegría por recordarlos. Y sobre todo miro hacia delante, desde este kilómetro cero -físico y metafórico-, acompañado por las escalas altas de los violines y violoncellos de Alma Mater, seguro de que venga lo que venga, lo mejor está por llegar.
Madrid, 20 de agosto de 2006
lunes, junio 12, 2006
Sólo el trazo de una vivencia. Un retazo del alma y el esbozo de un recuerdo de Astoria, del Upper East Side y de Central Park. Arenas de soledad, de Habana Blues:
Empezar de nuevo
sin destino y sin tener
un camino cierto que
me enseñe a no perder la fe;
y escapar de este dolor sin pensar en lo que fue
¿cuanto aguanta un corazón sin el latido de creer?
En lo bello,
en la verdad de la esperanza
de esta sed de amar,
en los sentimientos que se quedan,
sueños que perduran;
y busqué y subí y fui preso entre las alas del amor,
sin distancia y sin recuerdos
en las arenas de esta soledad.
Presa de un silencio roto
hijos del amanecer
que nunca alcanzó esa luz, tan confundida en el placer
y cierro los ojos, sólo para comprender
cuánto aguanta un corazón sin el latido de creer.
miércoles, junio 07, 2006
Se levantó, tomó un café solo y unas tostadas y salió de casa. El sol ya había ganado altura e iluminaba el azul de un cielo sin nubes. Encendió un cigarrillo y comenzó a caminar hacia la boca de la estación de Court Street que queda junto a la iglesia de la Santísima Trinidad de Brooklyn Heights. Recorrió en silencio los pasillos angostos y sucios horadados bajo los cimientos del templo hasta llegar al andén, en el que esperaban otras dos personas. El metro tardó en llegar y mientras tanto intentó volver a ponerle rostro a la protagonista del sueño. No tenía nombre, como ninguno de los pasajeros que le acompañaban en el vagón, camino de Manhattan. Trató de concentrarse en unos escritos, pero su imaginación volaba a otros lugares.
El tren se detuvo en City Hall más de lo debido. Veinte minutos después, las caras de enfado de los pasajeros se crisparon por completo al escuchar la megafonía de la estación. Una voz casi inaudible les informaba de la suspensión del servicio. La gente caminaba apresuradamente y se amontonaba al pie de las escaleras de las salidas. Al salir, Pedro se encontró con una legión de policía. Los accesos al metro estaban acordonados y numerosos agentes se aseguraban de que nadie se acercara a niguna boca. Un oficial pasaba revista con aire marcial a un retén de dieciséis miembros bajo el andamio de las obras del edificio de la esquina de Broadway y Chambers Street. Unos metros más a la sur, otro grupo de policías tomaba café en la puerta del Starbucks.
Pedro se dirigió hacia la estación de Chambers Street y tomó la línea 2 hasta la calle 14. Bajó dos manzanas y caminó hasta un edificio del sector oeste de la calle 12. Utilizó su carnet universitario para identificarse y acceder al edificio sin firmar en la hoja de registro de visitantes. Tomó el ascensor hasta la séptima planta y entró en una de las salas a través de un pasillo en el que se cruzó con dos desconocidas que le saludaron amablemente. Allí estaban Arnoldo y una chica a la que no había visto antes. Estaban escribiendo una pancarta en la que se leía: "Ningún ser humano es ilegal".
-Hola, soy Belén. Vos sos Pedro, ¿cierto? Ayer hablamos por fono. -Sí, soy Pedro, ¿qué puedo hacer? -Arnoldo se tiene que marchar a trabajar. ¿Te quedás conmigo y me ayudás a hacer unas octavillas? Luego hay que repartirlas en Union Square.
Se pusieron delante de un ordenador y Belén tecleó un texto en inglés y en castellano en el que se invitaba a asistir a la manifestación. Pedro observaba cautelosamente el texto. A pesar de la velocidad a la que escribía Belén, le pareció que el estilo era muy preciso. Identificó un español de Argentina en alguna de las expresiones y dudó sobre una de las palabras de la versión inglesa. Pero le pareció perfecto.
Salieron a la calle y entraron en un café de ambiente parisino. Las mesas eran círculos de mármol de un blanquecino grisáceo sostenidas por pies modernistas de hierro forjado pintados con pintura plástica de color negro. En la pared colgaban dibujos y fotografías del Montmartre de los 60. La luz entraba a raudales por grandes ventanales que iban desde el techo hasta el suelo. Pedro pidió un café con leche; Belén decidió tomar un té con limón.
Ella había llegado a Estados Unidos tres años atrás para hacer un Master en Relaciones Internacionales en la Universidad de Georgetown, con una beca Fullbright. Llevaba desde septiembre en Nueva York, trabajando en una empresa de evaluación institucional de países emergentes. Su tono pausado contrastaba con la velocidad con la que pulsaba las teclas del ordenador. Tenía un aspecto muy cuidado, lleno de pequeños detalles de un estilo muy peculiar. Llevaba una falda larga con una escala de rojos anaranjados a fucsias y una camiseta negra ceñida, con el cuello de pico. Su anillo tenía una piedra negra y sus pendientes eran del mismo tono que el del centro de la escala cromática que dibujaba su falda. Acompañaba sus palabras con movimientos tranquilos de sus manos, mostrando las palmas abiertas cada vez que dejaba entrever una sonrisa.
Belén le explicó el motivo de la manifestación: -A varios congresistas se les ocurrió la brillante idea de criminalizar a los indocumentados. Ese gesto demuestra la estrechez de miras que tienen muchos políticos para abordar un problema que tiene esta sociedad, en la que viven más de 12 millones de personas en régimen irregular. Pero se han encontrado con el rechazo de la mayoría de la sociedad civil, incluso con el de ciertos sectores republicanos. Han paralizado el proyecto de reforma de la Ley, pero todos los hechos han desatado un movimiento imparable que reclama un cambio radical en sentido contrario. La economía de este país se nutre de inmigrantes que son explotados cada día en sus puestos de trabajo. No tienen acceso a los seguros básicos de protección social. Muchos de ellos han decidido no llevar a sus hijos a las escuelas. Hay trabajadores que llevan aquí muchos años y siguen sin poder regularizar su situación. Pero lo que hoy vamos a reclamar no es sólo el derecho a la residencia. Esto no es más que el germen de un movimiento imparable que les dará los derechos civiles y laborales que les corresponden, que les hará salir de las tinieblas de la sociedad y que, más allá, se convertirá en un proceso de dignificación de la condición humana de quienes están levantando el país cada día.
Una vez hubieron repartido los panfletos en Union Square volvieron a la oficina. Allí había un grupo de sudamericanos y una chica suiza que hablaba español con una mezcla de acentos francés y chileno. Pedro empezó a conocer a los presentes mientras Belén salía de la sala. Desapareció.
Al parecer, habían cerrado muchas estaciones de metro de los alrededores de City Hall, así que bajaron por Broadway caminando. Por el camino se encontraron a otros manifestantes portando banderas de Estados Unidos y de decenas de otros países. A medida que se iban acercando al lugar de la manifestación, las calles se iban llenando de personas que confluían en Broadway desde las calles aledañas. Tuvieron que deternerse a cientos de metros de la cabecera. Aún faltaba una hora para que la manifestación echase a andar, pero todo el barrio estaba abarrotado.
Un cordón policial ayudado por vallas metálicas se encargaba de que la manifestación transcurriera sin salirse de los límites de seguridad que habían trazado en las calles por las que discurría la marcha. El desfile era un dragón multicolor que agitaba banderas, pancartas y que coreaba eslóganes en medio de un ambiente festivo. Caminaban con lentitud hasta que tuvieron que detenerse. Ya no se podía avanzar más y decidieron permanecer en el sitio cantando canciones de Silvio Rodríguez y algunas otras que Pedro no pudo identificar.
De repente se hizo el silencio. Trescientos metros más abajo comenzaron a pronunciarse discursos muy breves en inglés, reclamando la regularización de los inmigrantes. Tras escuchar a los tres primeros oradores, Pedro pudo identificar la figura de Belén acercándose decidida al micrófono. No habló de la contribución de los inmigrantes a la economía norteamericana, ni del derecho a disponer de la residencia, o de derechos laborales, como hicieron otros. Habló de los derechos inalienables del ser humano, que le son propios por su condición de persona y que ninguna legislación puede pasar por encima. Dijo que la negación de los derechos civiles era en realidad una violación de los derechos humanos. Se mostró convencida de que el proceso sería integral: sólo es cuestión de tiempo que reconozcan lo obvio, terminó. Pedro ya no pudo escuchar a los que siguieron después.
La muchedumbre fue dispersándose lentamente. Pedro se despidió de sus compañeros de manifestación y se quedó sentado en un banco de un pequeño parque delante del ayuntamiento. Empezó a imaginarse la manifestación que había tenido lugar en las mismas calles en el año 1927. La gente avanzando entre el griterío, la policía a caballo embistiendo a los manifestantes, la dispersión violenta de una marcha que no pudo evitar que ejecutaran a los anarquistas Sacco y Vanzetti. Ellos, culpables o no de los asesinatos que se les imputaban, perdieron su vida en la silla eléctrica por orden de un auto dictado por un jurado que dijo actuar en nombre de la sociedad.
Pedro volvió a su barrio cruzando el East River por el Brooklyn Bridge. Demasiadas emociones que digerir como para adentrarse en los sucios túneles del metro. No tenía prisa. El sol ya había caído sobre los rascacielos del distrito financiero de Manhattan, que comenzaban a iluminarse en la oscuridad del anochecer. Recorrió el Brooklyn Heights Promenade antes de llegar a casa. Al fondo se veía el estallido de luces de la Gran Manzana. Al llegar a casa se encontró un correo electrónico de Belén. Quería volver a tomar un té con limón algún otro día.
martes, junio 06, 2006
El creador se sienta delante del papel sin saber que el sentimiento que impregna su bolígrafo se escapará de sus manos y dejará de ser suyo. Sin pretenderlo, las notas echarán a volar y se convertirán en la banda sonora de millones de vidas. Y cada uno de nosotros se sentirá dueño de esa canción, que tendrá un significado diferente en cada rincón del planeta.
Hay bandas sonoras compartidas, músicas que sonaron en un momento que dos personas registraron en sus estómagos a la vez. Son los sonidos de dos vidas que se solapan a ratos para sentirse parte de una única existencia. Esa canción les pertenecerá durante un tiempo y les devolverá a ese momento dulce cada vez que se acerque a sus oídos. Se habrá convertido en un secreto que podrán rumiar juntos cada vez que la melodía se haga presente. Y cada vez que suene, no hará falta más que una mirada para saber que esa canción les pertenece, porque es parte de un sentimiento compartido.
Pero un día, esa canción que sonaba en la carretera de alguna playa escondida o en el dormitorio de un piso prestado, cambia por completo. Esa banda sonora lo será de dos vidas que se olvidaron y sonará de forma diferente en la de cada uno de ellos. Uno recordará la música con el cariño que se tiene por los recuerdos de un sentimiento que se fue desvaneciendo con el paso del tiempo. Pero esa música que adormecía los músculos que rodean el abdomen se clavará en la garganta del otro, dejándola reseca; se habrá convertido en un sonido maldito que enrojece sus ojos con sólo imaginarlo.
Esa música que ahogaba el alma deja de hacerlo algún día. De pronto, el rumor de sus notas se aproxima hasta nosotros y nos susurra que ya no hace daño. Cuando menos lo esperamos, se acerca a anunciarnos que sólo viene a traer el dulzor del recuerdo de una vivencia que nos hizo felices en algún momento de nuestra existencia.
You think I'd leave your side baby
When you're on the outside baby
And if you want to cry
"By your side", Sade
viernes, junio 02, 2006
Nunca pude entender esas sentencias. La familia se va eligiendo. De la misma forma que esos primos segundos que llevan mi apellido nunca fueron mi familia, sé que tengo una cita con ese otro primo segundo que me espera puntual, cada año, como si no hubiera pasado el tiempo. La familia se encuentra al nacer, pero se va construyendo día a día, después de una enfermedad, de un despido del puesto de trabajo o cuando uno se encuentra muy lejos. Estos son los momentos en los que la familia se va creando, cuando la vemos a nuestro lado en el momento en que más la necesitamos. La madre que vela el cuerpo ferviente del hijo enfermo no se elige, pero sus cuidados van quedando grabados en algún sitio del cerebro donde se van creando los afectos. El contacto, el cariño, el amor van construyendo vínculos sobre lazos de sangre que van perdiendo importancia con el tiempo. Y mientras un tío-abuelo político se va convirtiendo en un abuelo más, los nombres de otros tíos-abuelos van desapareciendo lentamente de nuestras memorias.
La familia es lo que más necesitamos cuando estamos lejos. Es lo que más duele abandonar cuando nos embarcamos en experiencias que nos tendrán alejados de nuestro lugar en el mundo durante algún tiempo. Es una parte integral de nosotros -nos aterra que se desmembre en nuestra ausencia, sin poder llegar al último adiós. Es una masa invisible que nos sostiene y que construye nuestros arraigos.
Nueva York es un fluir de gentes. Unos llegan para quedarse, pero otros sólo están de paso. En medio de esta maraña, en la que las vivencias, las conversaciones y el descubrimiento de otras personas es inagotable, van quedando algunos compañeros de viaje que permanecen. Son la familia encontrada en un exilio buscado.
La gente que nos rodea no la elegimos. Aparece en nuestras vidas de repente, como producto de la más disparatada cadena de factores que podamos imaginar. Casi por casualidad, nos encontramos frente a personas de las que desconocíamos sus meras existencias apenas unas semanas antes. Y de repente se convierten en el asidero diario que desaparece cuando la familia está lejos. Son los que comparten nuestros momentos de felicidad, los que nos hacen reír frente a una taza de té rancio en un albergue de paso, los compañeros de bailes de madrugada en algún local clandestino de la Avenida C. Pero algunos se convierten también en los oídos que necesitamos para nuestras angustias, en las manos que nos sostienen cuando nos faltan las fuerzas, en los hombros que recogen nuestros llantos.
Como las familias, la casualidad nos va imponiendo una infinidad de personas que van pasando, que van dejando pequeños trazos en nuestras existencias, que van construyendo partes de nuestros seres. Pero sólo algunos permanecen y se hacen dueños de una parte íntima de nosotros. Como la familia de verdad, la que verdaderamente importa, la que vamos eligiendo, algunas de estas gentes que nos ofrece el destino se hace un huequecito entre nosotros en los malos momentos, cuando más los necesitamos. Algún día olvidaremos sus nombres, pero sus huellas se habrán quedado marcadas para siempre en alguna parte de nuestras almas.
martes, mayo 16, 2006
La vida es un camino que inventamos con nuestros pasos. Normalmente, la inercia decide la dirección en la que nos encaminamos, como si la senda ya estuviera trazada. Y nuestra existencia se convierte en el fluir natural de un río que ya pasó por allí millones de años antes. Pero hay pequeñas decisiones, a menudo insignificantes, que cambian el curso de nuestro devenir de forma dramática.
Un pequeño gesto puede cambiar nuestra vida. Puede conducirnos de forma inexorable a una situación en la que la decisión ya ha sido tomada.
viernes, abril 07, 2006
Lubo se escapó de la Bulgaria de Zhivkov hace más de veinte años. Tras dos años en Italia como refugiado político, un amigo suyo le animó a probar fortuna en Nueva York. Se instaló en una pequeña colonia colombiana de Greenpoint, en Brooklyn, en el límite con Queens. Siempre ha trabajado como taxista. Su historia es la de tantos otros que vinieron de los países satélite de la Unión Soviética a finales de los ochenta. En realidad no se esperaba nada; sólo quería abandonar la vida miserable que le rodeaba. Sin embargo, dice que se habría quedado en Europa de haber sabido cómo iban a ser sus días en Estados Unidos.
martes, febrero 21, 2006
Ese chico flaco y desgarbado, de melena larga y negra, que grita "libertad" subido en un poste al que se sujeta con sus vaqueros de campana gastados, sueña con cambiar el mundo. Sólo conoce la dictadura y casi no se imagina la forma del valor que reclama desde lo más hondo de su pecho. Los textos prohibidos conseguidos de manos de sindicalistas curtidos en luchas obreras descarnadas son su única ventana a un universo que casi no se imagina. Escribe sus sueños, de la vida y del amor, en poesías inocentes de adolescente, gastando las horas muertas mientras sirve de soldado de reemplazo.
Todavía no sabe que un día se levantará encorajinado antes del alba y cortará una autopista del extrarradio de Madrid para pedir que construyan un puente. Ni que un día se concentrará delante de la prisión de Carabanchel gritando “amnistía” con la misma energía que empleaba colgado de aquel poste. Tampoco es consciente de que los ecos de sus palabras harán desaparecer de las memorias la imagen de una mujer doblando el espinazo mientras acarrea agua de las fuentes. Un día verá esfumarse los fangales que rodean las infraviviendas entre las que vive, que más tarde desaparecerán también, cuando las horas robadas a los suyos hayan servido para que muchos puedan llamar hogar a sus casas. Y después verá como nuevas utopías van dejando de serlo, golpe a golpe, hecho a hecho.
Ese chico flaco dejó de serlo hace tiempo. Las canas empiezan a cubrir su pelo, cada vez más escaso. Y la gordura ha hecho olvidar aquel perfil de aprendiz de roquero que trataba de emular a Mick Jagger. Han querido arrodillarle muchas veces, pero sigue inquebrantable. Sigue inventando utopías, fiel a unos ideales, en ocasiones prestados, que nunca se ha molestado en racionalizar. Aunque ha cambiado, sigue siendo el mismo jovenzuelo flaco lleno de ilusiones, dispuesto a embarcarse en una nueva batalla, capaz de cambiar el mundo que le rodea, capaz de dar vida a nuevas utopías, como el agua a la madreselva. A veces inconsciente, quizás no sepa nunca que su mejor legado son sus principios, que subyacen en cada paso que dan los que han hecho de ellos una forma de vida.
“La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”.
sábado, diciembre 10, 2005
el mundo es una tontería
y vas dejando que se escape
lo que mas querías".
"Echo de menos", Kiko Veneno
viernes, diciembre 09, 2005
" Yo me bajo en Atocha", Joaquín Sabina
martes, noviembre 29, 2005
Olvídame,
esta zamba te lo pide.
Te pide mi corazón
que no me olvides, que no me olvides.
Deja el recuerdo caer
como un fruto por su peso.
Yo sé bien que no hay olvido
que pueda más que tus besos.
Yo digo que el tiempo borra
la huella de una mirada,
mi zamba dice: no hay huella
que dure más en el alma.
"Zamba del Olvido", Jorge Drexler
sábado, noviembre 12, 2005
"Y no conocen la prisa
Son buenas gentes que viven,
"He andado mucho caminos", Antonio Machado.
viernes, noviembre 11, 2005
martes, noviembre 08, 2005
"Se me escapa la luna de las manos
y la dejo caer,
está solita.
Se perdió en la noche
porque las noches son muy grandes,
son inmensas.
Hay corazones que no caben
en una sola noche
y existen fronteras que cuando las alcanzas
vuelven a crecer".
New York, 4 de noviembre
"Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sol. Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo. El zorro se calló y miró un buen rato al principito:
—Por favor... domestícame —le dijo.
—Bien quisiera —le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.
—Sólo se conocen bien las cosas que se domestican —dijo el zorro—. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, los hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!
—¿Qué debo hacer? —preguntó el principito.
—Debes tener mucha paciencia —respondió el zorro—. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca...
(...)
Y cuando se fue acercando el día de la partida:
—¡Ah! —dijo el zorro—, lloraré.
—Tuya es la culpa —le dijo el principito—, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique...
—Ciertamente —dijo el zorro.
—¡Y vas a llorar!, —dijo él principito.
—¡Seguro!
—No ganas nada.
—Gano —dijo el zorro— he ganado a causa del color del trigo".
"El Principito", Antoine Saint Exupéry
Mientras las familias de los seis fallecidos en el accidente de las obras de la autovía del Mediterráneo lloran a sus muertos, dos personas se afanan en el interior de un coche en romper los documentos que nos pueden permitir entender lo que ha ocurrido. Planos de túneles, contratos de trabajo, una auditoría y otros papeles yacen casi destruidos en el fondo de un contenedor de Pulianas mientras los cuerpos inertes de cinco portugueses y un español se van enfriando poco a poco. Ellos son las víctimas de las grandes constructoras, que apelan a la especialización de las subcontratas de las subcontratas de las subcontratas para justificar el abandono de las obras que les corresponden. El próximo 1 de noviembre nuevas familias se acercarán a los cementerios de Portugal a llorar la muerte temprana de seres inocentes. Y otro año serán más, muchas más Navidades sin los seres queridos. Nadie puede restituir una vida segada de cuajo, ni devolverle el padre a ese niño huérfano. Ójala no se repita nunca más. Y ójala algún día veamos a los responsables últimos dar con sus huesos en la cárcel. lunes, noviembre 07, 2005
sábado, noviembre 05, 2005
Ese chico que jugaba contigo a las chapas en unos montones de arena ha venido a saludarte. Hacía un tiempo que no sabías nada de él y las fiestas del barrio han vuelto a servir para reencontrarte con los recuerdos de tu infancia. Cada año se repite el mismo ritual, nada especial, pero algo tan grande que siempre se echa de menos. Tú sigues ahí, contento por ver cómo pasa el tiempo y todo sigue igual. La orquesta "Lejanía", los de siempre, están tocando "Y nos dieron las diez". Pero este año no saldrás a bailar "Paquito el chocolatero" con los vecinos, porque no puedes sacarte de la cabeza su rostro, que refleja lo que lleva por dentro. Un día dejasteis de hablar; sólo él sabe qué pasó, porqué se dejó arrastar a un mundo de emociones brutales y caídas al vacío. Tú has querido ver una cara de esperanza, pero no sabes si es parte de tu fantasía, que le imagina olvidando un paréntesis. Atrás, muy lejos ya, quedaron esos días de fútbol en mil descampados yermos y de carreras de bicicletas destartaladas en los cerrillos. Vienen a tu memoria las partidas de cartas a la sombra del ciruelo de su patio, las tardes de otoño de placeres de pubertad con chicas sin nombre, un viaje a Lisboa en un Renault 5 amarillo. Todo eso que pasó no te lo pueden robar, pero desde una ventana de Manhattan dudas que el destino se ponga de su parte y podais recordarlo juntos.
"La ciudad calla y se esconde y nadie te verá,
"Ha llegado el fin", Los Secretos.
viernes, noviembre 04, 2005
martes, noviembre 01, 2005

A miles de kilómetros de allí, todavía en la madrugada del 31 de octubre, las calles del West Village siguen atestadas de gente. Nueva York celebra Halloween con una fiesta en la que personas de todas las edades emulan el mejor carnaval, para comunicarse con los que murieron en tierra y habitan en Tir nan Og, ese hedén de la eterna juventud y felicidad de los antiguos celtas. La procesión que ha recorrido la sexta avenida es muy distinta a la de viudas de luto que cada 1 de noviembre van a llorar a sus muertos en los cementerios de España. Esqueletos, brujas, magos y hadas recorren las calles entre cánticos y danzas. Se invocan diablos con ouijas pidiendo felicidad eterna. Una pareja se busca con pasión en un bar de la calle Bleecker; uno piensa que dentro de un tiempo se habrán olvidado y que ella no buscará el alma de él en las noches, mientras yace bajo otro hombre.
María se ha levantado temprano, como cada 1 de noviembre. Busca la cuneta de tierra de un camino que asfaltaron en septiembre, cuando construían la autovía que lleva a Madrid, que segó los cipreses y enclaustró la mitad de la senda bajo un túnel que ella se apresura a atravesar. Está afanada limpiando el sepulcro, cambiando las flores, arrancando unos matorrales que han crecido al pie de la tumba. Hoy no se arrodillará ante Manolo. Con la dignidad restaurada desde el 16 de agosto, le dirá radiante que sus nietas de Madrid han venido disfrazadas de brujas y que han traído unas calabazas huecas en las que han puesto velas. Le hablará de la nueva autovía, que le trae a los hijos que se marcharon a buscar trabajo lejos del campo y a los negros que estuvieron vendimiando en el latifundio del Conde. María sabe que ya puede morir feliz.
lunes, octubre 31, 2005
viernes, octubre 28, 2005
jueves, octubre 27, 2005
Tengo la impresión de que le iría mejor a este país de Estados si algunos dejasen de pensar que todos nacemos con las mismas oportunidades. El comentario de Coralio a mi visión sobre el destino me ha recordado que uno puede encontrarse con un mal vecino para toda la vida y que eso puede ser un lastre insalvable. Cuando decía que uno es el único dueño de su porvenir hablaba de mí mismo, que tuve la suerte de nacer con un vector inicial con el gradiente positivo. Quizá escribía con el sesgo que tiene el europeo, que da por hecho que el Estado se encargará de poner algo de su parte, con mayor o menor éxito, para corregir los vectores que apuntan a la nada.
“Individuals have a need to believe that they live in a world where people generally get what they deserve.”
miércoles, octubre 26, 2005
Alguien con este sesgo sólo puede ver el destino como el producto de la interacción de las decisiones de personas y de elementos de naturaleza estocástica. Ese cúmulo de casualidades imposibles que te llevan a esa situación no es más que la materialización de una vector aleatorio. Y si nos parece que era imposible que aquello pasase es que desconocíamos algún detalle. Uno puede maldecir el destino hoy, porque la tirada del dado le haya sido esquiva. Pero esa variable, la que rige el proceso que genera lo que aparece, la define uno mismo mediante sus acciones.La ley de los grandes números nos invita a la valentía. Si hacemos lo que tenemos que hacer, la mala suerte es evanescente. Así que tengo la impresión de que habría que decidirse de una buena vez. Sí, es exactamente eso que estás pensando: me parece que ha llegado el momento de saltar, de cambiar el destino. Tú eres la causa de tu buena suerte. Y con esto comienzo la respuesta a la pregunta que te lleva rondando últimamente.
lunes, octubre 24, 2005
Las aceras de Nueva York están salpicadas de trampillas metálicas que quedan bajo el paso del viajero, que las pisa ajeno a su existencia. Un candado cierra dos hojas de chapa que se pliegan sobre las escaleras empinadas por las que se accede al sótano del edificio. En ocasiones se abren y muestran las entrañas de la ciudad, esa parte que no se ve, pero que sostiene el ritmo loco del lugar más endiablado del planeta. Es un submundo imprescindible de trabajadores ilegales, latinoamericanos emigrados sin seguro médico, gentes que no hablan inglés, que se ocupan de que la maquinaria no pare. Hombres de poca estatura que suben cajas, bajan botellas o se secan el sudor o el agua de lluvia que cae sobre ellos. Reflejan su desazón por el mundo sin perder la sonrisa. Ocasionalmente se escucha la celebración de un gol del América de Cali o de los tiburones rojos de Veracruz. A veces se ve a una pareja que intercambia miradas con un fondo de merenge o de reaggeton; uno imagina que al llegar la noche y terminar la jornada, volverán a buscarse como dos adolescentes en algún rincón, antes de volver a sus casas de Brooklyn, de Queens o del Bronx. Son gentes que dejaron su tierra, la que sueñan cada noche, para sacar a los suyos de la miseria. Son personas de mil historias, de mil desdichas. Son los viajeros que llegaron de noche, con la ayuda de los coyotes que amenazan a sus familias si no pagan sus deudas infinitas. Las guías de viajes no miran a los sótanos, lugares inhóspitos enfoscados en bruto, donde los que no aparecen en los censos se mezclan con las ratas, bajo restaurantes lujosos, donde un cliente da su aprobación a un pescado recién traído de cualquier confín del mundo.
Esta es la vida del emigrante
del vagabundo del sueño errante.
Coge tu vida en tu pañuelo
con tu pobreza tira pa´lante.
"El emigrante", Celtas Cortos.

Es algo difícil de explicar, porque lo que produce es una emoción contenida que se agarra en la boca del estómago. Y las cosas de las vísceras son más difíciles de contar. Acaba de aparecer entre nosotros y ya es imprescindible. Y sobre todo está. Porque lo que importa es que la tenemos para contemplarla, para disfrutarla, pare verla crecer. Todavía no la conozco y ya la echo de menos. ¡Marina, nos vemos en dos meses! ¡Ya verás qué pronto pasan!
miércoles, octubre 12, 2005
La operación ha sido muy costosa, tanto por los costes directos -horas extras de oficiales destinados a la vigilancia de los vagones -, como por los indirectos –sobresaturación del tráfico en superficie -, así como por los de oportunidad –la reducción de la presencia policial en otros ámbitos. Ha modificado los hábitos de miles de neoyorquinos, que han cambiado sus rutas de casa al trabajo. Y ha devuelto el miedo a muchos ciudadanos que van superando poco a poco los efectos de los ataques contra las torres gemelas.
El alcalde ha reiterado su compromiso de luchar contra el terrorismo de la forma más enérgica, empleando todos los medios a su alcance cada vez que haya una amenaza, por pequeña que sea. Es un compromiso personal firme desde que ocupa la alcaldía y es algo que le agradecen los ciudadanos de Nueva York, que muy probablemente le confirmarán en el cargo en las próximas elecciones, que tendrán lugar en unas semanas.
Nadie cuestiona que cualquier medida es insuficiente cuando se trata de salvar una vida humana. El empleo de todos los medios policiales al alcance para neutralizar cualquier paquete sospechoso parece apropiado, a pesar de que algunos de los más altos responsables de la Seguridad Nacional, órgano de ámbito federal, hayan manifestado su sorpresa por lo que han calificado como una sobrerreacción del NYPD.
Sin embargo, la conveniencia de que el alcalde Bloomberg apareciera en todos los medios exhortando a los neoyorquinos a extremar la vigilancia es discutible. En los últimos meses lleva en marcha una campaña denominada “Si ves algo, di algo”. Este lema se anuncia por megafonía y aparece en carteles en estaciones y vagones, así como en el reverso de los billetes de metro, junto al número de teléfono gratuito del servicio de emergencias policiales. En una población ya de por sí acostumbrada a desconfiar de cualquier elemento sospechoso, ya se trate de una persona o de un paquete, la reacción de la ciudadanía no ha sido más que la de reducir el uso del metro hasta lo mínimo posible, con las consecuencias que ello tiene para una ciudad de estas dimensiones. Pasada la amenaza, queda la sensación de que existe un riesgo elevado de ser objeto de ataques terroristas, lo que hace que la seguridad recupere el protagonismo perdido, abandonada durante los últimos días de campaña por el asunto del teatro de Harlem.
En una ciudad profundamente demócrata, las cotas de popularidad de Giuliani y el propio Bloomberg han sido más altas cuanto mayor ha sido la importancia que han atribuido los ciudadanos a la seguridad. Diferentes estudios reflejan que es una cuestión muy sensible: cuando se considera que la seguridad es importante, el candidato que presenta mejores credenciales en este apartado tiene las de ganar. En estas circunstancias, Fernando Ferrer, el candidato demócrata, no ha tenido otra alternativa que pedir una aclaración sobre los riesgos reales de la amenaza terrorista. Con una estrategia perfectamente medida, el candidato Blooomberg habla de la reducción del nivel de alerta, que se mantiene, mientras su equipo de campaña ataca a Ferrer por querer mezclar la política con la seguridad de los neoyorquinos.
Bloomberg, denostado por muchos republicanos, alabado por no menos demócratas tiene un estilo muy particular de hacer política. Multimillonario, ha renunciado a su sueldo de alcalde, así como a financiar su campaña con la ayuda de grupos de presión. Criticado por el gasto de más de cincuenta millones de dólares en lo que va de campaña, su portavoz sale en su defensa diciendo que “Michael [Bloomberg] utiliza su propio dinero porque no quiere hipotecar el futuro de la ciudad”. Desde que está en la alcaldía ha continuado con la política de tolerancia cero impuesta por Giuliani, que ha dado lugar a una reducción aún mayor de los niveles de delincuencia, lo que le ha elevado a cotas de popularidad desconocidas. En lo civil, se ha caracterizado por la introducción de medidas calificadas por liberales por parte de sus detractores republicanos. Y en lo social sigue volcado en apoyar el acceso de las clases más desfavorecidas a colegios de calidad. Ferrer lo tiene muy difícil y no parece que vaya a ser capaz de capitalizar la abrumadora mayoría de los demócratas en el registro de votantes, en una proporción de cinco a uno. Quizás este asunto del metro disminuya aún más sus posibilidades.
“No sé si los datos del informante son verdaderos o no, pero no me parece que importe”
Michael R. Bloomberg
martes, octubre 11, 2005
En Manhattan se ven muchas banderas de Cuba, aunque dice Carlos que no tantas como en Miami. Aquí hay muchos cubanos que salieron de Cuba en los primeros días de 1959. Y sus hijos, nacidos en Estados Unidos, que también se reivindican como cubanos. Estas banderas de Cuba representan la añoranza de lo que perdieron, el deseo de volver. Simbolizan un sentir que cantó Gloria Estefan, la exaltación del amor por la tierra, el dolor por estar lejos. También le sirven al cubano de Nueva York para mostrar el orgullo de serlo. Es la reivindicación de los orígenes que tanto gusta al neoyorquino hijo de emigrantes. La bandera de Cuba preside una fiesta de cubanos de Queens. Comen camarones, tostones, pollo y frijoles. Escuchan música de Compay y de Celia Cruz, beben buen ron y rehúsan hablar de política. Discuten de beisbol a gritos, alabando o denostando a los Yankees. Celia dice que la mayoría son contrarios a la revolución, pero que los hay que la apoyan. También cuenta que todos tienen presentes a sus familiares en la isla y que no les gustó la última medida sobre el endurecimiento del bloqueo. Algunos no han vuelto a Cuba, pero otros dicen que van todos los años y que van a seguir haciéndolo.
La bandera de Cuba representa lo que uno quiere. Se exhibe en mucho lugares, por gentes diversas. El ideario colectivo invita a interpretarla de forma diferente en distintos contextos. Pero para todos es el símbolo de Cuba, la tierra que aman. Cada uno a su manera.
"De mi tierra bella, de mi tierra santa,
oigo ese grito de los tambores y los timbales
al cumbanchar.
Y ese pregón que canta un hermano,
que de su tierra vive lejano
y que el recuerdo le hace llorar,
una canción que vive entonando
de su dolor, de su propio llanto,
y se le escucha penar."
Mi Tierra, Gloria Estefan
¡Cuba va!, Silvio Rodríguez
domingo, octubre 09, 2005
En Manhattan se puede caminar de este a oeste, de sur a norte, sin detenderse ni un instante, ayudado por los semáforos. La lluvia cae con intensidad dirigida por un viento fuerte del norte. La temperatura es buena, pero la lluvia cala hasta los huesos y deja una sensación desagradable. Esquivando charcos y taxis, se tarda media hora en ir desde la calle 21, en los alrededores de la segunda avenida, hasta la parte de la calle 31 comprendida entre la séptima y la octava. Una riada humana indica la dirección de la entrada del Madison Square Garden. Ya ha empezado a tocar Keane, que hace de telonero de U2.
Las entradas están agotadas desde el día que salieron a la venta. Y desde entonces no hacen más que llegar mensajes a la craigslist, ofreciendo entradas a un precio muy superior al que aparece en el billete. La reventa está expresamente prohibida, pero la gente se afana en explicar que ha surgido un imprevisto que le impide asistir al concierto. A medida que se aproxima el comienzo del espectáculo, las entradas van perdiendo valor para el vendedor, por el riesgo de no venderlas. Horas antes del espectáculo ya pueden encontrarse al precio original, el que vienen reclamando desde el primer día los muchos compradores que también se anuncian.
Una canción muy conocida de Keane suena mientras siguen llegando personas al Garden. Algunos se lamentan por los pasillos, mientras buscan su localidad, por perderse la única que conocen. Aunque es un grupo en vías de consagración no consigue enganchar a los pocos espectadores que les escuchan. Empeño no les falta, pero saben que el público no ha ido a escucharles a ellos. Están los que atienden con vocación de disfrutar, pero la mayoría deja pasar el tiempo hasta que llegue el momento en que toque U2. Terminan poco después de empezar con esa canción tan conocida que sonaba al comienzo. Antes de marcharse invitan al público a pasarlo en grande con el plato fuerte de la noche, con un cierto aire de resignación por no haber conseguido cuajar. Tuvieron más éxito en Barcelona, sin duda.
Tengo la impresión que los americanos esperan ansiosos un momento breve de intensidad colectiva, que experimentan subidas y bajadas bruscas en su nivel de entusiasmo y que disfrutan más con los instantes que los europeos. Quizás por eso acogieron mejor a Keane en Barcelona, donde el concierto se vivió como una experiencia festiva que ocupó todo el día, donde teloneros, voluntarios de Amnistía Internacional recogiendo firmas y vendedores de camisetas y bocadillos formaban parte de las diferentes atracciones de la fiesta.
Minutos antes de que comience la función, los pasillos son un hervidero de gente que hace colas para comprar cerveza y para entrar en los lavabos, de gente que aprovecha los últimos instantes para decirle a sus amigos que están a punto de ver a U2 en vivo. El público va llenando lentamente las gradas del palacio, que parece construido para albergar este concierto. Las luces van bajando en intensidad y suena un melodía que sugiere la llegada inminente del grupo. El público centra su atención en el escenario, tratando de adivinar el lugar por el que aparecerán los músicos. No se ha colocado la pantalla gigante que había en Barcelona porque en el Garden hay gente situada de espaldas a la banda. En su lugar, en el momento que sale Bono se despliega una cortina traslúcida sobre el escenario que permite proyectar imágenes sin impedir la visión. La puesta en escena es magistral.
El concierto no comienza con “Vertigo”, como empezó en Barcelona. Quizás por ser en Nueva York, empieza con “City of blinding lights”, a la que siguen “Vertigo” y “Elevation”, antes de que Bono comience a interpelar al público, reclamando una concordia colectiva que desata las emociones de los presentes. Continúan con “I will follow”, que también tocaron en Barcelona con el agrado patente por el tema que les dio a conocer, y que desata una pasión casi histérica, la misma que desencadenan tantas otras canciones que suenan, tanto del disco nuevo como de los clásicos.
La fiesta está salpicada por la reclamación de los derechos humanos para todas las personas, por menciones a la coexistencia de las diferentes civilizaciones en el mundo, por llamadas a la paz, por el recuerdo de África. Los seis primeros artículos de la declaración universal de los derechos humanos, proyectados en una pequeña pantalla, desatan la euforia de los presentes, aunque no tanto como en Barcelona, donde tengo la impresión que se mezclaron la especial sensibilidad de los catalanes por las cuestiones humanas y la emoción que despierta en ellos el uso del catalán por quienes no lo tienen como lengua materna.
El Garden al completo canta la canción de cumpleaños feliz para un amigo de la banda, como en Barcelona la hubo para “The Edge”, que quería tocar allí el día de su cumpleaños y al que regalaron la camiseta del Barça con el número 10, que reconoció como la de Ronaldinho. Bono no se ha enfundado con la bandera de los Estados Unidos, como tampoco lo hizo con la española en el Calderón, según tengo entendido, lo que refuerza la intensidad del guiño que tuvo al mostrase envuelto en la senyera en el concierto de Barcelona.
Al final se echan de menos “I still haven’t found what I’m looking for”, “Walk on”, el bis de “Vertigo” que acabó con el recital de Barcelona y, quizás por el escenario, “New York”. Seguro que cada uno de los presentes echa en falta su propia canción, esa que espera toda la noche, cada vez que empiezan a tocar una nueva.
No parece que la gente acabe en el estado de éxtasis que tenía el público de Barcelona. Quizás estén más acostubrados. La concordia vivida durante el concierto se va desvaneciendo mientras la marabunta se abalanza a por los taxis que esperan bajo el diluvio a los que consiguen ser los primeros en acercarse a la calzada. También hay triciclos a pedales. No consigo explicarme la razón por la que hay personas que utilizan estos vehículos, que avanzan despacio entre la maraña loca de taxis amarillos, titubeantes, como asustadizos, movidos por el pedaleo del conductor, que chorrea por el aguacero. Quizás es la falta de taxis, a pesar de los muchos que hay, o el aliciente de lo exótico. Me pregunto si serán más baratos, aunque dudo que esa sea la razón por la que los utilizan en Nueva York.
Los pubs de la séptima avenida tienen las puertas abiertas para que se escuche U2, que está sonando dentro. Supongo que siempre utilizan como reclamo la música del grupo que acaba de tocar en el Garden. Todos están de par en par y una chica guapa sonriente en cada uno de ellos invita a entrar. Se van llenando de aficionados, recien salidos del palacio, que vuelven a emocionarse cantando las mismas canciones que han sonado en el concierto.
El camino que lleva a la casa de Carola, que está seis calles más abajo, está lleno de paraguas tirados por la calle, rotos por la lluvia y el viento. En Nueva York se tira todo y siempre hay quien lo recoge. Carola va amueblando su casa con lo que va encontrando y le está quedando muy bien. Cada día hay algo nuevo, que ha ido arrastrando con la ayuda de sus amigos. Ella se queja de que no tiene tiempo para cuidarlos, para organizar algún encuentro en su casa, para poder reunirse con ellos. Ella no puede salir por las noches, porque prefiere que Raimundo no salga de casa, porque sólo tiene ocho meses y está en un momento en que hay que respetar sus horarios de sueño. Entre el niño y el máster no tiene tiempo para nada. Pero se va haciendo a la vida en Manhattan. Uno siempre se siente bien en su casa, porque te recibe con agrado y con una cerveza, mientras desmenuza los detalles de su última experiencia en la escuela de arte en la que estudia. Le apasiona lo que hace y está encantada con cada gesto del “nuni-nuni”, que es como llama a Raimundo cuando se dirige a él con la emoción de una madre.
Los indigentes han reaparecido una vez que se ha ido la lluvia. El camino de vuelta a casa, entre Chelsea y Grammercy por la calle 23, está siempre lleno de mendigos que aparecen en cualquier recodo, en todos los rincones, y que se agolpan en torno al parque que está en la confluencia de Broadway con la quinta avenida. Están cubiertos por completo con mantas rahídas, junto al cartel en el que explican la razón de su pobreza. Son muchos. Son tan habituales en el paisaje que la gente ni los mira. Uno tiene la impresión de que aquí, más que en ningún otro sitio del mundo desarrollado, están abandonados a su suerte.
“Artículo 22
Toda persona, como miembro de la sociedad, tiene derecho a la seguridad social, y a obtener, mediante el esfuerzo nacional y la cooperación internacional, habida cuenta de la organización y los recursos de cada Estado, la satisfacción de los derechos económicos, sociales y culturales, indispensables a su dignidad y al libre desarrollo de su personalidad.”
Declaración Universal de los derechos humanos, adoptada y proclamada por la Asamblea General de la ONU el 10 de diciembre de 1948.








